—Señorita...
La interrumpió Mónica, con el ceño fruncido.
Intentó, con su posición de anfitriona, detener a Regina antes de que siguiera diciendo cosas fuera de lugar.
Pero Regina, como si no lo captara, repuso con un dejo de tristeza:
—La verdad, no noto que te alegres de verme. Al fin y al cabo, hace un momento me pediste que me fuera y acabas de tirar al suelo el regalo que te traje para felicitarte.
Las miradas de los presentes se clavaron en ellas y Mónica sintió un sudor frío recorrer su