Debido a la prisa, Sebastián entró con las manos vacías, sin llevar ningún regalo.
Nada más cruzar la puerta, su mirada recorrió rápidamente toda la sala.
¡Eduardo no estaba allí!
De inmediato, Sebastián sintió un alivio profundo.
Era falso… aquellos rumores eran, después de todo, falsos.
Casi lo habían hecho perder la compostura.
Recuperándose, Sebastián se dirigió a Carlos.
—Papá —saludó, y luego a Vicente—. Vicente.
Vicente solo lo observaba fijamente.
Carlos indicó con un gesto:
—Siénta