La parada de emergencia hizo vibrar el ascensor con un gemido metálico.
La luz cambió al tono ámbar de reserva.
Matteo no le dio tiempo a Diego para continuar el juego. Lo tomó por las solapas del traje gris y lo estrelló contra el espejo del fondo de la cabina. El cristal crujió detrás de la cabeza de Clarck y una red de grietas le atravesó el reflejo.
—¿Tú enviaste el boletín a la junta? —siseó Matteo, tan cerca que la respiración se le desordenó en la garganta.
Diego no alzó las manos. No se