La sala de juntas de Apollo Capital, en el piso cuarenta del edificio Franzani, olía a cuero pulido, café amargo y la colonia seca de hombres que decidían el destino económico de la ciudad sin ensuciarse las manos.
Matteo presidía la mesa de ónix negro.
Las mangas de su camisa seguían remangadas. Tenía el rostro contenido, la espalda recta y una quietud que no era calma: era dominio.
A su derecha, Luca Franzani observaba la proyección de números sobre la pantalla de cristal con la inmovilidad de