Isidora levantó la cabeza muy despacio.
Por primera vez desde que cruzó el umbral de esa casa, el miedo dejó de ser un reflejo y se convirtió en otra cosa. En una línea recta. En una decisión. Entendió, con una claridad casi cruel, que la guerra ya no consistía en buscar una salida. Consistía en decidir qué iba a romper primero.
—Porque yo se los envié.
La voz de Isidora subió por el hueco de la escalera de mármol sin temblor alguno. Clara. Exacta. Sin una sola grieta.
Matteo descendió los últim