El martes amaneció nublado.
Isidora llegó a Franzani a las ocho menos cuarto, cuarenta minutos antes que Elena y una hora antes que la mayoría del equipo. Las plantas bajas del edificio a esa hora tenían la calma específica de los espacios de trabajo antes de llenarse: el olor a productos de limpieza del turno de noche mezclado con el del café recién hecho de la máquina del segundo piso, el ruido sordo del sistema de ventilación, la recepcionista sola en su mostrador mirando la pantalla con esa