Muestro una sonrisa con todos mis dientes, obviamente fingida. La mujer solo me mira con los ojos muy abiertos, su rostro enrojecido; no sé si de coraje o vergüenza. Seguro que en este momento desearía que la tierra la tragara, lo cual me haría un favor.
—¿Vas a quedarte ahí parada como una estúpida, mirándome sin cobrar el maldito vestido? —insisto, ya que no se ha movido, parece que ni siquiera respira.
A mi lado, escucho un carraspeo. Parece que mi “perrito faldero” también se siente incómod