Cuando las dos amigas volvieron a la mesa, solo quedaba en el aire la certeza de que Nicolás no estaba solo en esto.
Mientras compartían el desayuno y la conversación fluía con naturalidad, Nicolás aprovechó un momento de calma para mirar a Silvia y, sin rodeos, le hizo la invitación:
—Silvia, ya que estás acá… Me encantaría que vengas a la boda. Es en unas horas, será algo sencillo, nada lujoso, pero importante para nosotros.
Silvia soltó una risa cómplice.
—Si no me invitabas, me autoinvi