El oficial no esperó a que Aria se ajustara. Simplemente comenzó a empujar su polla dentro de su coño, duro y rápido, una penetración brutal que le robó el aliento de los pulmones.
El coche se mecía con cada embestida castigadora, un chirrido áspero de acero resonando a su alrededor. Sus manos enguantadas se clavaron en las caderas desnudas de ella, el cuero mordiendo su piel, manteniéndola inmovilizada.
Los jadeos de Aria estallaban con cada golpe de su polla en su coño. —¡Sí—joder—justo ahí!