—¿Estás bien? —me preguntó entonces Fernando, y me sacó de mis pensamientos con una suave caricia en la mejilla.
—Sí... —mentí claramente. No me estaba gustando el rumbo que estaba tomando esa conversación. No quería llegar a donde parecía inminente que íbamos a llegar.
—Dale —se levantó y se puso a mi lado—, ¿qué te pasa?
—¿Hace falta que te lo diga? —dije esquivando su vista.
—Sí... —elevó su mano y me levantó la cara desde el mentón—. Quiero escucharlo.
—No quiero que te vayas... —dije final