El dormitorio se llenó con los sonidos pesados y húmedos de la lengua del líder trabajando contra la piel de Sarah. No se detuvo hasta que ella estuvo temblando, con la respiración entrecortada por sollozos rotos que parecían más bien jadeos. Finalmente se retiró, con la barbilla brillando bajo la luz de la luna. La miró con una sonrisa oscura y satisfecha en el rostro.
—No eres aburrida, Sarah —dijo con voz ronca—. Solo estás desperdiciada con un hombre que no sabe cómo manejarte.
Se puso de p