Los neumáticos chillaron contra el pavimento liso de la carretera.
Dentro, la música retumbaba con un bajo pesado que hacía vibrar las ventanillas. Mi madre, Rissa, estaba al volante con los ojos vidriosos y una sonrisa salvaje. Habíamos pasado las últimas cuatro horas en un bar de playa, bajándonos tequilas como si fueran agua. Era tarde y era hora de volver a casa. Yo iba en el asiento del pasajero, con la cabeza dándome vueltas, riendo mientras el viento me azotaba el pelo.
—¡Mamá, vas co