Reed y Miller intercambiaron una mirada oscura, con las manos apoyadas en nuestras caderas. Sin decir palabra, intercambiaron lugares. La transición fue fría y eficiente, como si lo hubieran hecho cien veces en esa misma carretera. Reed se colocó detrás de mi madre y Miller dio un paso detrás de mí. El calor de sus cuerpos se sentía como un peso físico en el aire fresco de la noche.
—Manos al coche, Chloe —ordenó Miller. Su voz era más profunda que la de Reed, un estruendo que me erizó el vel