Marcus marcó un ritmo lento y constante. Me agarró de las caderas, clavando sus dedos profundamente en mi piel, y me atrajo contra él. Cada embestida era larga, pesada y deliberada. Podía sentir cada centímetro de su longitud deslizándose dentro de mí, estirándome de una manera que me dejaba sin aliento. Tenía la cara apoyada contra la superficie fría y lisa del espejo del ascensor, y mi aliento empañaba el cristal mientras soltaba un gemido largo y trémulo.
De repente, una mano me agarró la