El garaje estaba en silencio, salvo por el sonido húmedo y rítmico de Aria empujando ese juguete color piel dentro de ella. Estaba arqueada hacia atrás sobre el capó del Ford, con los talones raspando la pintura clásica. Cada embestida hacía que sus gemidos cortos rebotaran en las paredes de metal.
—Aria, ya basta —susurré, con la voz quebrada. No dejaba de mirar hacia la entrada, con el corazón a mil—. Tu padre... podría llegar en cualquier momento. No puede verte así. Me va a matar.
Ni siquie