Tenía el cuerpo deshecho. Cada músculo, desde los hombros hasta las pantorrillas, se sentía como si lo hubieran triturado y vuelto a pegar. El señor Sterling no se había tentado el corazón conmigo; el trabajo manual fue brutal, y para cuando toqué la cama, ni siquiera esperé a que Aria subiera. Me quedé profundamente dormido en cuanto mi cabeza tocó la almohada de seda.
Me desperté de golpe, con el corazón latiéndome con fuerza. El cuarto estaba a oscuras; la única luz era la de la luna que se