El sol caía a plomo sobre el garaje abierto, pero el calor del motor era todavía peor. Llevaba cinco horas seguidas metido bajo el capó del Ford clásico del señor Sterling. Los músculos me gritaban de dolor y tenía las manos negras, manchadas de grasa y aceite.
Aria no bromeaba: su padre era una máquina. No hablaba mucho, solo soltaba órdenes que requerían precisión y un esfuerzo físico brutal.
—Pásame la llave de cinco octavos, Davis —gruñó el señor Sterling, limpiándose el sudor de la frente