Mi madrastra quiere mi polla.
La pared estaba fría, pero la piel que se presionaba contra ella ardía. La sujeté por las caderas, clavando mis dedos en sus costados mientras la embestía. Ella sollozaba, con la frente apoyada contra el yeso, con la respiración entrecortada y a tirones.
—ShaQuan... oh, Dios... para... ¡no, no pares! —gritó. Su voz era fina, quebrada por la intensidad.
No respondí. Solo la penetré con más fuerza. El ritmo era animal. Cada vez que me retiraba, el aire golpeaba mi piel, y cada vez que empujaba