GIO
No me moví. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho, pero me quedé justo donde estaba. La cabeza de mi polla seguía apoyada contra su ranura húmeda y rosada. La miré fijamente a los ojos, que estaban muy abiertos por la impresión.
—¡Gio! ¡Quítate de encima! ¿Qué te pasa? —su voz temblaba, pero aún no gritaba pidiendo ayuda, lo cual era bueno.
—Lo siento, Sra. Adler —susurré. Tenía la voz ronca. No me aparté. En cambio, di un pequeño y lento empujón hacia adel