Ya no me movía. Sacudí la cabeza con la mandíbula apretada, aferrándome al último hilo de control mientras la miraba. —No, Angel. Te lo dije. No puedo. Soy tu padre. No voy a arruinarte así.
Pero Angel ya no escuchaba mis negativas. Deslizó su mano hacia abajo, rodeando con sus pequeños dedos mi miembro grueso y palpitante. Ella misma lo guio, presionando la punta caliente y roma contra su hendidura húmeda. Empezó a mover las caderas en un círculo lento, moliendo contra mí, manteniendo el ritmo