La palabra me golpeó como un impacto físico. Escuchar ese término salir de su boca —la niña a la que había visto crecer— hizo que se me revolviera el estómago.
—Sí... sí... Papi. Por favor... más... solo un poco más... no dejes de lamerme el clítoris, Papi... oooh, sí... ohh... justo así —suplicó ella, bajando la mano para agarrarme la cabeza y atraerme de nuevo hacia su cuerpo.
Me mantuve enterrado en ella, mi lengua trabajando con una presión rítmica y pesada que yo sabía que no aguantaría po