La cena fue la hora más intensa de mi vida. Sentado a la cabecera, me temblaban levemente las manos por la culpa mientras cortaba el filete. Frente a mí estaba Elena, radiante tras su viaje, y a mi derecha, Angel. Se había duchado y puesto un vestido vaporoso, pero para mí, todavía olía a la tarde que acabábamos de compartir.
—Y bien… —comenzó Elena, probando su vino—. ¿Cómo fue todo mientras no estaba? Mark, ¿se portó bien Angel?
Casi me atraganto con el agua. —Sí —logré decir, limpiándome la