Han pasado cuatro años desde que me convertí en monja, cuatro años desde que me prometí a mí misma —y le prometí a Dios— que me mantendría pura en mente, cuerpo y espíritu. Cumplí ese voto con una disciplina que ni siquiera sabía que poseía. Mis días eran tranquilos, predecibles, casi pacíficos. Oraciones matutinas, tareas, estudio de las Escrituras… el ritmo se convirtió en mi escudo, y detrás de él, todo en mí se sentía en calma.
O eso creía.
Todo cambió el día en que se mudó mi nuevo vecino.