A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba a través de las vidrieras del convento, proyectando patrones coloridos sobre el suelo de piedra. Yo estaba en el jardín, cuidando las rosas, con el hábito puesto de nuevo como si nada hubiera pasado. Pero todo había cambiado. Mi cuerpo aún sentía un delicioso dolor por lo de la noche anterior, mi coño tierno y resbaladizo solo con pensar en él. No podía dejar de reproducirlo en mi mente: la forma en que su polla me había estirado, me había llena