Había perdido la cuenta de los días.
Quizá dos semanas. Quizá tres.
El tiempo ya no existía; solo existían la polla del señor Harlan, su semen y la constante y dolorosa sensación de plenitud en mi vientre por todo lo que me bombeaba cada día.
La casa era mi jaula y mi iglesia.
Me despertaba cada mañana con su pis en la boca o su polla en mi coño.
Pasaba las tardes atada al banco de cría mientras máquinas, juguetes y sus puños me abrían.
Las noches eran maratones interminables: folladas lentas y