He conocido a Sophie desde que era una flacucha de trece años que todavía llevaba brackets y me robaba las sudaderas cuando me quedaba a dormir en casa de su hermano. En aquel entonces solo era «la molesta hermanita de Jake»: la que se quedaba en la puerta mientras jugábamos a la Xbox, haciendo preguntas tontas sobre las configuraciones de Call of Duty o si creíamos que algún día le crecerían las tetas (lo preguntó una vez, muy seria; Jake le lanzó una almohada a la cabeza).
Ya no tiene trece a