Desperté adolorida en lugares que ni sabía que existían.
La luz del sol entraba a raudales por las persianas de la habitación de invitados, rayando la cama en franjas doradas. Mis muslos estaban pegajosos de semen seco, mi coño y mi culo palpitando con ese delicioso dolor que decía que me habían usado fuerte y bien. El señor Carter ya no estaba en la cama, pero su olor estaba por todas partes, y el leve tintineo de metal me decía que ya planeaba la siguiente ronda.
Intenté sentarme y gemí. Mis