El domingo por la mañana empezó con su polla ya dentro de mí.
Desperté empalada en él desde atrás, uno de sus brazos cerrado alrededor de mi garganta, la otra mano frotando perezosamente mi clítoris mientras me follaba el coño despacio, como si fuera el despertador más natural del mundo. El semen de los últimos dos días se escapaba alrededor de su eje con cada embestida perezosa, goteando por mis muslos hasta las sábanas ya destrozadas.
«Buenos días, niña», gruñó en mi oído. «Un día más para as