Eran más de las dos de la mañana y el penthouse estaba en silencio, salvo por el leve zumbido de la ciudad treinta pisos abajo.
No podía dormir.
Cada noche durante las últimas tres semanas había sido igual: Dante se iba antes del amanecer, regresaba después de medianoche y me follaba hasta que olvidaba mi propio nombre. Luego me abrazaba mientras me dormía, con su gran mano extendida posesivamente sobre mi estómago como si ya imaginara que estuviera hinchado con él.
Esta noche llegaba tarde.
De