Capítulo 2

EMILIANA

El juicio estaba a punto de concluir y no podía sentirme más complacida por la forma en que lo llevé acabo, estaba segura que el juez fallaría a nuestro favor.

Volteé la mirada para encontrarme con la expresión preocupada de la signora María Contreras, mi actual cliente; disimuladamente estiré mi mano y le di un apretón en la suya para proporcionarle cierto apoyo.

Todos nos levantamos en cuanto la mayor autoridad que había allí salió por la puerta ubicada en una esquina de la sala. Nos hizo una seña para que tomáramos asiento de nuevo

—Después de escuchar a ambas partes, estoy listo para dictar mi resolución, sin embargo, quiero oír los argumentos finales. Así pues, tiene la palabra abogada Basile. —me indicó con un movimiento de la muñeca

Me levanté hasta quedar cerca del estrado. Normalmente no necesitamos hacerlo, bien podía hablar desde el escritorio, pero yo me sentía más cómoda y con mayor control de la situación de esa forma

—Hasta el momento en que alcanza la mayoría de edad, el hijo tiene derecho a ser mantenido por sus progenitores —señale aquel punto de forma escueta, pues era lo primero que se había comentado, sin embargo, no quería dejar de hacer hincapié sobre él. —Ambos padres se ven en la obligación de aportarle al menor lo necesario para su subsistencia, esto en base de las ganancias de cada uno. —continué, podía sentir la mirada de mi colega en contraparte. —Mi cliente ha cumplido a cabalidad con cada uno de estos aspectos, sin embargo, solicita lo que por derecho le corresponde a su hijo: que su padre vea económicamente por él. —agregué a mi discurso con una expresión confiada. —Nada más que agregar vostro onore. —Finalicé regresando a mi lugar

El juez asintió en mi dirección y le dio la palabra al abogado defensor, este se negó alegando que no tenía nada más que añadir

«Por supuesto, aunque esa táctica fue un error. Debió haber tenido la última palabra si quería al menos darle una oportunidad a su cliente» pensé observando el error de principiante que había cometido

—Muy bien, entonces daré un receso de medio hora para analizar mi decisión. Nos vemos entonces. —afirmó dando por terminada la sesión

Maria y yo abandonamos la sala. Me sentía confiada y tenía seguridad en el veredicto del juez. No era arrogante, pero sabía que tan buena era en mi trabajo.

Decidí estudiar derecho cuando tenía diez años, supongo que ver a mi padre entre tantos documentos y casos me había calado profundamente. El sentido de la justicia estaba muy arraigado en mi desde niña, por lo que siempre supe cuál sería mi vocación en el mundo.

No la tuve fácil, cuando llegué a la Universidad me tocó demostrar que estaba allí por mis propios medios y no por intervención de mi progenitor, quién para eso entonces era un abogado relativamente reconocido en su campo. Estudié mucho y puse todo mi esfuerzo en adquirir la mayor cantidad de conocimientos posible.

Debo confesar que a pesar que, a día de hoy trabajo en un bufete de renombre en la ciudad, mis calificaciones en época de estudiante dejaban mucho que desear; principalmente porque no creía que el éxito laboral fuese proporcional a una calificación extraordinaria. Memorizar un concepto no te daba ninguna garantía de que serias capaz de aplicarlo en el mundo laboral.

—¡Tu, dannata cagna! —El insulto proveniente de una voz masculina me sacó de mis recuerdos, nos encontrábamos en un pasillo del tribunal a punto de salir al exterior.

—Avvocato Lombardo, debería aconsejarle a su cliente mantener el debido respeto, aunque sea por el lugar en el que estamos. —sugerí con firmeza.

Mi colega me miró con disculpa y trató de llevarse al signore Marcus, si es que podía llamarse de esa forma, lejos de nosotras. Sin embargo, este no lo permitió y volvió a hablar, esta vez con mayor furia.

—Ya conseguiste lo que querías, embaucarme. Ese hijo ni siquiera debe ser mío. —afirmó escupiendo las palabras como si fuesen veneno.

Por el rabillo del ojo noté como a María le dolía aquellas palabras, su rostro se había vuelto rojo y estaba dispuesta a contestarle.

Le puse una mano en el hombro y negué disimuladamente con la cabeza para evitar que dijera algo que podría poner en riesgo lo que habíamos logrado hasta ese momento. Yo contesté en su lugar, mi voz salió fría e inexpresiva, el tono de una profesional que había perfeccionado con el paso de los años.

—Hay una prueba de ADN que confirma su paternidad signore Marbello. Puede solicitar una copia a su abogado, si es que aún no la tiene. —afirme con sarcasmo. —Y todas las dudas que tenga, puede plantearlas al juez. —dije con firmeza, aunque la amenaza estaba implícita en mis palabras. Él también debió darse cuenta pues no hizo ningún comentario.

Satisfecha con su reacción, tomé a Maria por un brazo y las dos salimos del tribunal. Hacía un día precioso, soleado y alegre; el clima le daba un aspecto encantador al ambiente, casi como si saliera de una revista de farándula.

—No le hagas caso. —le ordené al ver su expresión entristecida. —Sabe que tiene las de perder y sólo está sangrando por la herida. —¿Me permites invitarte algo de comer? —pregunté al ver que su semblante seguía igual.

—No, no podría abusar de su amabilidad de esa forma... —dijo apenada, pero se interrumpió al ver mi rostro. —De acuerdo... ¿No hay forma de hacerla cambiar de opinión?

Negué con la cabeza riendo.

—La terquedad es aspecto importante cuando quieres dedicarte a lo que yo. No puedes rendirte tan fácilmente y debes ser capaz de insistir hasta el final. —expliqué mientras la guiaba hacía un pequeño restaurante que había del otro lado de la calle.

El lugar se encontraba repleto de comensales debido a la hora, casi daban la 1:00 pm, a pesar de eso, no se nos dificultó obtener una mesa, pues a mí ya me conocían allí.

Disfrutaba mucho del sitio, prácticamente me la pasaba en los juzgados así que era lugar más cercano que tenía para almorzar rápidamente. Nos ubicamos en una mesa cuya vista daba a la calle, no pasó mucho tiempo antes de que un mesero viniera a atendernos.

—Cosa posso offrirvi ragazze oggi? —preguntó en italiano mezclado con un asentó que no supe reconocer, lo que inmediatamente lo delató como un extranjero. Era de tez bronceada, ojos azules y contextura delgada, pero en forma, fácilmente podía pasar por un italiano auténtico.

Sonreí y ordené inmediatamente, venía seguido así que me conocía todo el menú de arriba abajo. Al ser un negocio familiar, no solían renovar mucho su esencia, aunque esa era precisamente la marca distintiva: un ambiente acogedor y clásico dónde se podía disfrutar de una comida italiana tradicional.

Los muebles eran de color marrón claro, que combinaban a la perfección con las paredes de tonos borgoña y las pinturas que representaban distintas zonas turísticas de la ciudad.

—Ne voglio un piatto di Rigatoni alla gricia, per favore. —le dije, luego miré a mi clienta. —¿Cosa vuoi, María?

—Lo stesso. —respondió sonrojada.

Aquella reacción me enterneció, a pesar de tener dos años viviendo en Italia aún no dominaba del todo el idioma. Me pregunté cómo una joven tan encantadora y tímida había terminado con hombre como aquel, tan asquerosamente desagradable.

En algunas ocasiones quise interrogarla acerca de ello, pero me parecía tomarme demasiadas libertades. Ella me había contado lo que necesitaba saber de la historia entre ambos, pero intuía que esa cuerda seguía siendo demasiado extensa.

—Perfetto, vuoi qualcosa da bere? —interrogó de nuevo el mesero anotando en una pequeña libreta nuestro pedido.

Miré de nuevo a Maria, esperando que eligiera algo de su gusto.

—No se mucho de vinos, lo dejó a su criterio. —afirmó sin ninguna duda.

Lo dicho, no entendía que había visto esa joven encantadora en aquel idiota.

—Una bottiglia di Pinot Grigio, per favore. —Habiendo escrito lo último, el mesero se despidió con un asentimiento de cabeza y fue por la comida.

Pose mi vista sobre María, la pobre se notaba un poco incómoda, esperaba que no se sintiera fuera de lugar pues aquel no era ni de lejos el restaurante más caro en el que había comido, si supiera la cantidad de dinero que me gastaba en un platillo, le daba un paro cardíaco allí mismo.

No me negaba a disfrutar de los placeres más mundanos de la vida.

Mientras esperábamos nuestra comida, nos dedicamos a hablar de cosas banales, sobre todo de su pequeño hijo, que aún no cumplía los dos años. Para ese punto ya sabía bastante de la vida de María.

Era latina, lo que explicaba su cabello lacio y oscuro, piel aceitunada, ojos color miel y estatura baja. Su familia provenía Panamá, eran de clase media y ella era la menor de cuatro hermanos. También era relativamente joven, pues contaba con tan sólo 24 años de edad.

¿Cómo entonces había podido pagar una vida en Italia?

Sencillo, María tocaba el violín estupendamente y se le había otorgado una beca en una de los conservatorios más importantes del país.

Había conocido al padre de su hijo en bar, ya que aquel imbécil era amigo del hijo del dueño. Fue en esa época cuando todos sus planes se fueron por la borda: salió embarazada, el hombre desapareció para no hacerse cargo y tuvo que sacar a su hijo adelante sin ayuda.

Aunque trataba de evitarlo, no podía evitar sentir lástima por ella; sin familia, sola y en un país extranjero. Obviamente abandonó sus estudios, cambió su violín por un traje y una computadora, ya que trabajaba como secretaria en una editorial de poca monta.

Por eso no dude ni un segundo en ponerme a sus órdenes cuando se presentó en el bufete. Ninguno de mis compañeros quiso llevar el caso por ser pro-bono, es decir, que no le cobraríamos nada por mis honorarios. Francamente el dinero me tenía sin cuidado.

Si las mujeres no nos apoyamos entre nosotras.

¿Quién más iba a hacerlo?

El almuerzo no tardó mucho en llegar y ambas nos dedicamos a comer, rechazando el ofrecimiento de un postre por parte del mesero, explicándole que teníamos el tiempo justo.

—Bon appetit. —brinde chocando mi copa con la de ella, para luego darle un trago al vino, disfrutando del agradable sabor de la bebida.

—Está delicioso. —admitió María mirando su copa con adoración.

Sonreí. Definitivamente, de tener la oportunidad, debía mostrarle a esa joven lo que era la buena cocina italiana.

Comimos en silencio, para cuando terminamos quedaban cinco minutos para que volviéramos al tribunal; María insistió en pagar la mitad de la cuenta, pero me negué, manteniéndome firme, ella necesitaba ese dinero más que yo. Además, me correspondía a mi hacerlo, pues la había invitado, eso era lo justo.

Salimos del restaurante, cruzamos de nuevo la calle y subimos los escalones de dos en dos hasta llegar a la sala que nos correspondía.

Mi contraparte ya se encontraba ahí con su representado, no me digne a mirarlos e inste a María a que hiciera lo mismo. Su señoría hizo acto de presencia y nos mantuvimos de pie para recibirlo, ya estando todos sentados nos dispusimos a escuchar el veredicto.

—Después de debatirlo extensamente, he decidido guiarme por lo mejor para el menor. Por lo tanto, defino lo siguiente: El señor Marcus Miller deberá pagar la manutención del niño Andrés Contreras en virtud del parentesco que existe entre ambos y hasta que cumpla la mayoría de edad. —decretó el juez con seriedad. —La cantidad será estipulada en base al poder adquisitivo del demandado y se hará llegar a ambas partes. Eso es todo, feliz tarde a todos. —afirmó levantándose, todos lo imitamos y lo vimos desaparecer por a su despacho.

No me contuve más y abracé con fuerza a María; la joven hizo lo mismo y cuando nos separamos vi que tenía los ojos brillosos y lágrimas rodaban por sus mejillas. Tenía una expresión de alivio y felicidad que me hizo recordar porqué había decidido estudiar derecho.

—¡Lo logramos! Molte grazie, signorina Basile, molte grazie. —inquirió agradeciendo. La tomé de las manos y le di una sonrisa tranquilizadora.

—No tienes que darme las gracias. Sólo hice que se cumpliera la ley. —afirmé. Y era cierto, lo único que había hecho era hacer justicia para ella y su hijo.

—Nunca tendré como pagarle. —continuó María entre lágrimas.

—Si me llevas de esas deliciosas empanadas que preparas, ten por seguro que me daré por bien servida. —dije en un tono de broma.

Maria asintió enérgicamente.

—Eso delo por seguro, le enviaré todas las que quiera o mejor, las llevaré yo misma. —afirmó decidida.

Dejamos la sala del juzgado, antes de despedirnos le expliqué a María lo que faltaba para dar por concluido el caso y los datos que necesitaría para que se le hicieran llegar los depósitos mes con mes, también le comenté que mañana iría por el documento con el resultado de juicio, que era importante tuviéramos una copia.

La acompañé hasta la entrada del metro y luego tomé un taxi que me llevará hasta el bufete: Calaglieri e soci. Las calles estaban repletas, había un atoro por todas partes, así que tarde más de lo usual en llegar.

Normalmente eran unos 20 minutos desde Il Tribunale Ordinari di Roma hasta el despacho Calaglieri que quedaba en la Vía Prisciano, pero duré 40 minutos en llegar al edificio, tomar el ascensor que me dejará en el piso número 4 y encontrarme con el familiar ambiente de trabajo cuando las puertas de este se abrieron.

Caminé con dirección a mi oficina, en el camino saludé a algunos colegas y personal que allí laboraba, no me entretuve mucho porque tenía muchos pendientes por revolver, aun así, todos me devolvieron el saludo con efusividad, pues era bien sabido el aprecio y respeto que suscitaba en mí equipo de trabajo.

Entré a mí oficina cerrando la puerta en el proceso, levanté una ceja al ver a una figura masculina sentado en mi escritorio con toda la confianza.

—Fuera, Camilo. —le ordené sacudiendo las manos para espantar al hombre como si fuese un insecto molesto.

El aludido sonrió mientras se levantaba de mí puesto y se acercaba para dejar un beso en mi mejilla a modo de bienvenida, resistí la tentación de limpiarme la zona con la mano, ya era su con que uno de los dos fuese completamente descortés. Cuando estuve en mí silla le hice una seña para que tomará asiento frente a mí.

—¿Qué quieres? —pregunté yendo directo al grano. Conocía a Camilo, era mi amigo, pero eso no restaba el hecho de que la única razón que pudiera tener para visitar mi despacho era un favor.

—Me enteré que ganaste el caso de manutención. ¡Felicidades! —gritó en un tono efusivo. —Se que esa no es tu área, así que estoy muy orgulloso de ti. —afirmó en un tono zalamero.

Lo examiné con una mirada escrutadora. No le creía ni una sola palabra. Aunque agradecía el gesto, pues tenía razón, yo me iba por el derecho penal y esa demanda había sido de derecho familia, por supuesto no lo mencioné; sabía cuál era su juego y no le daría la satisfacción de verme caer en él. Sólo trataba de darle la vuelta a la página para distraerme.

—Muchas gracias, que bueno que lo notaste. —admití, aunque el sarcasmo era palpable en la cortesía. —Repito: ¿Qué quieres? —interrogue de nuevo, más firme que antes.

Camilo me sonrió con inocencia, he inmediatamente me tense, nada bueno salía de aquella expresión.

¿En qué nos había metido el idiota?

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