Capítulo 3

AMANDA

Tomamos asiento en una de las mesitas de picnic, hacia un día precioso: el cielo despejado, las aves cantando, niños jugando y martirizando a sus padres, quienes habían tenido la errónea idea de traerlos al mundo, pero aun así los amaban con todo su corazón, pues eran parte de ellos. Odiaba los días de ese tipo, tanta dulzura me provocaba ganas de vomitar, sobre todo si no había tomado mi dosis de cafeína diaria. Mi supuesto amigo, es decir Joshua, me observaba de frente con una expresión de diversión al notar mi malestar; de haber sido una persona con menos autocontrol le habría dado un puñetazo, pero como la gran dama que era, me limite a mostrarles los dientes en un gesto casi animal.

Si, era la representación misma de la gracia y elegancia.

Al parecer mi acción asustó de verdad a Joshua porque se encogió de hombros y me entregó una de las tazas de café que traía. Observé la bebida con adoración, como si dios mismo se hubiese presentado ante mi adoptando esa forma, se la arrebaté de las manos, quizás con demasiada agresividad y le di un largo sorbo. Mí humor mejoró considerablemente en cuanto la cafeína hizo efecto en el sistema, quien dijera que el café no influía en el comportamiento de los seres humanos, era obvio que nunca había tomado una taza cuando estaba estresado.

—El día acaba de comenzar, ¿tan mal inicio? —preguntó Joshua en un tono burlón señalando la bebida que me había terminado sin darme cuenta.

—Cállate -sisee entre dientes. Mi amigo levantó las manos en señal de rendición, pero mantuvo la misma expresión, lo que me hizo gruñir en respuesta. —Tanto amor y colores me provoca nauseas. —admití fingiendo una arcada.

Joshua me observó como si me hubiese salido un tercer ojo. No podía decir que su reacción me sorprendía, objetivamente las personas a nuestro alrededor no hacían nada malo y en realidad se veían muy felices entre sí. Lamentablemente yo era del tipo de ser increíble y único que esperaba que su entorno combinara con el estado de ánimo en que me encontraba actualmente. Si yo me sentía mal, ¿Por qué el resto del mundo actuaba como si tuvieran vidas perfectas? Ese sería para siempre uno de los grandes misterios de mi existencia.

—¿Cuándo inician las clases? —interrogó Joshua con cautela. Deje caer mi cabeza sobre la mesa, soltando un suspiro de frustración; debía de existir una especie de regla tacita que prohibiera a tus amigos conocerte tan bien, sin duda alguna yo aprobaría su promulgación al instante.

—En una semana. —respondí en un tono lastimero muy extraño en mí. Por lo general no solía ser tan quejumbrosa, o eso depende de a quien le preguntaras; me gustaba mi trabajo y procuraba dar mi cien por ciento cada día que dictaba cursos de escritura en la universidad. Pero aquel año seria completamente diferente a los anteriores, me habían asignado la sección más complicada y tendría que pasar los siguientes nueve meses alejada de una cuerda o terminaría por atármela al cuello.

—¿Por fin te asignaron a los de nuevo ingreso? —preguntó dándole un sorbo a su propia taza de café, no entendía como era capaz de tardar tanto bebiéndola cuando yo ya había acabado con la mía y sopesaba si ir por otra sería una buena idea o me pondría más ansiosa de lo que ya estaba

—Así es, pero… ¿tu cómo lo sabes? —. Enarque una ceja mirándolo con suspicacia. No había tenido tiempo de contarle a nadie mi más reciente desgracia, por el simple hecho de que ni siquiera yo aún la asimilaba del todo.

Joshua se acomodó en supuesto, adoptando una posición parecida a la de un maestro universitario cuando quiere explicarle algo obvio. Me miró como si estuviese impresionado de que no lo captara a la primera y junto ambas manos, apoyando su barbilla sobre ellas; no pude evitar compararlo con Montgomery Burns, un personaje muy famoso de la caricatura Los Simpson, solté una risita por lo bajo, sabiendo que entre el millonario cruel y mi amigo no había ningún tipo de apariencia en común. Por el rabillo del ojo observé como el parque empezaba a llenarse cada vez más.

—Llevas el último mes solamente hablando de eso. Tal parece atrajiste tu propia mala suerte. —respondió en un tono de gran conocedor que me hizo rodar los ojos. —Velo por lado positivo.

—¿Y ese cual sería?

Joshua se encogió de hombros.

—No lo sé, pero debe haber alguno.

—Es fácil decirlo cuando no tienes que pasar seis horas de tu vida con chicos recién graduados de bachillerato que no tienen ni idea de lo que les espera en la universidad. —afirme llevándome las manos a la cabeza. —Y no fuera tan malo, pero es que la mayoría ni siquiera me impresionan. Todos parecen que han sido cortados con el mismo patrón, conversaciones iguales, intereses idénticos y sin ningún tipo de aporte enriquecedor. —aseguré estremeciéndome, no había nada más terrorífico que eso. —¿Dónde quedo nuestra individualidad? ¿En qué momento nos convertimos en una copia barata de la personalidad de alguien más?

—¿Te levantaste filosófica hoy? —Le lancé una mala mirada. —De acuerdo, hablando en serio, creo que estas actuando más como escritora que como maestra. Tu trabajo es evaluar sus conocimientos, no la profundidad de sus almas. —respondió haciendo un movimiento con las manos para restarle importancia. Asentí, pero no me sentía más tranquila, iba a responder cuando el teléfono de Joshua sonó. —Es un mensaje de Katherine, nos invita a un toque tiene esta tarde. —dijo leyendo la información, su expresión se tornaba cada vez más asustada conforme avanzaba.

—No. —respondí casi por instinto.

—Es nuestra amiga. —dijo Joshua frunciendo el ceño.

—Ya lo sé, y me sabe mal dejarla plantada. Pero no hay manera en el infierno de que yo me presente allí.

—Han pasado ocho meses, deberías superarlo. —dijo estirando una de sus manos para tomar la mía, me aparte rápidamente. —No puedes simplemente no ir a la presentación de tu amiga porque tu ex también es parte de la banda. —alegó en un tono de reproche. Bajé la cabeza, me sentía como una adolescente siendo reñida por sus padres cuando la encuentran con su novio en la habitación, no que yo tuviese algún tipo de experiencia en eso por supuesto, pero me imaginaba que así debía ser.

—Ya lo superé, pero aún no estoy lista para verla de nuevo. —dije cruzándome de brazos. —¡Es la verdad! —chille llamando la atención de algunas personas que pasaban por allí.

Era muy consciente de que Joshua tenía razón y que mi actitud estaba rayando lo infantil. Mi última pareja y yo habíamos terminado así casi un año, después de la que encontré engañándome con alguien más, en ese entonces ya vivíamos juntas y la separación fue el doble de dramática. Nos conocimos por medio de Katherine cuando nos presentó a la bajista del grupo e hicimos clic casi al instante, teníamos una química increíble y gracias a eso cometí el terrible error de proponerle que se mudara a mi apartamento, con apenas seis meses de estar en un noviazgo. La luna de miel, como le gusta llamarle a mis amigos, no duro demasiado, solo vasto un par de meses para que las discusiones comenzaran.

Ciertamente no me sorprendió que me engañara, era lago que venía sospechando. Pero sus razones para hacerlo fueron tan estúpidas e incoherentes que las recuerdo y me causan gracia: aparénteme yo no podía complacerla en la intimidad y termino buscando alguien que si lo hiciera. Que intentara hacerme sentir culpable, como si yo hubiese orillado a tomar esa decisión fue la gota que derramó el vaso. Le pedí que recogiera sus cosas y se marchara, no tenía intención de volverla a ver nunca más.

—Sabes que las cosas no terminaron bien entre nosotras. —Joshua asintió, claro que lo sabía, yo misma se lo conté y se ofreció a perseguirla y raparle el cráneo en venganza. Cuando me negué termino por quedarse toda la noche conmigo, viendo películas de terror clásicas y comiendo helado.

—Pero fue su responsabilidad, ella decidió acabar lo que tenía contigo. Y no puedes pasarte el resto de tu vida escondiéndote de esa forma. —Esbocé una pequeña sonrisa, él tenía razón. —Al menos prométeme que lo pensaras, por favor. —pidió apretando mis manos, asentí y las soltó visiblemente más calmado. Nos levantamos de la mesa para ir a una cafetería que quedaba cerca por algo para desayunar, mi estomago empezaba a rugir de hambre.

En el camino nos topamos con algunos turistas que pedían ayuda con alguna dirección o para tomar una foto, Joshua se ofrecía encantado mientras yo me quedaba un poco alejada del resto. Mi amigo poseía un encanto magnético casi natural, le agradaba a todo el mundo y era fácil confiar en él porque desprendía una alegría contagiosa, resultaba casi imposible no sentirse cómodo a su lado. A lo mejor por eso trabajaba para una pequeña agencia publicitaria, todos sus clientes admiraban tanto sus creaciones, que a veces ni notaban que detrás de esa sonrisa fácil y expresión afable se escondía un hombre ambicioso que sabia venderse como un producto, ofreciendo su mejor perfil al mundo. Era afortunada por ser de las pocas personas que conocían al verdadero Joshua, no solo a la marca y disfrutaba burlándome de aquellos que presumían de hacerlo, porque él conocía a muchos, pero era amigo de pocos.

—A veces envidio la facilidad que tienes para relacionarte con todo el mundo. —admití cuando llegamos al café. El nombre del lugar resaltaba en un enorme cartel de color marrón y letras doradas: Caffé Marceletti.

Joshua me observó con una ceja alzada, de haberlo intentado estoy segura que podría escuchar los engranajes de su mente trabajar a toda velocidad, desesperados por encontrar algún sentido en lo que acaba de decir. Sus parecían hablarme, eso o comenzaba a ver demasiadas películas de ciencia ficción y fantasía, donde los protagonistas eran capaces de comunicarse con una sola mirada.

<< ¿A que demonios se debe eso? >> leí en ellos.

Nos sentamos en una de las mesas que daban al exterior, Joshua y yo solíamos venir aquí al menos tres veces a la semana desde que descubrimos los deliciosos panecillos que servían. Una mujer de edad mayor se acercó, esbozando una sonrisa radiante en cuanto nos vio; era la dueña del establecimiento, Marcela Dinusso, la conocía más o menos desde que llegué a Roma. Era regordeta y un poco baja, aunque sin salirse de la estatura promedio, sus cabellos negros relucían todo el tiempo como el ala de un cuervo, pero yo sabía que se los teñía constantemente.

Marcela abrazó a cada uno con la fuerza suficiente para rompernos un hueso si así lo hubiese querido, impregnándonos del característico olor a mantequilla y harina que había llegado ha asociar con ella. Dejó un beso en nuestras mejillas y se sentó a nuestro lado, la anciana se veía radiante y me sonroje porque no estaba acostumbrada a provocar ese tipo de reacción en los demás. Quizás solo se debía a la presencia de Joshua. Usaba un vestido de color borgoña que le llegaba a la altura de las rodillas, que resaltaba sus profundos ojos marrones y lo combinaba con un delantal blanco y zapatillas negras planas.

—Ma guarda chi c'è qui. Miei cari figli! —gritó con efusividad. —Pensé que se habían vuelto un par de malagradecidos, pero los hijos pródigos siempre regresan a su hogar. —afirmó en tono enojado.

Unos cuantos comensales observaban con diversión mal disimulada la situación, pues era de conocimiento público el carácter que poseía la dueña del local. Nadie, y en esto quiero hacer mucho hincapié, pero absolutamente nadie, quería tener problemas con esa mujer; a lo mejor su sangre irlandesa tenia algo que ver en ello, pero todavía no llegaba al nivel de superstición donde creía que la ascendencia de una persona definía su conducta para con los otros. Bien podría ser que se debiera a que su signo era tauro, uno nunca estaba del todo seguro cuando de estas cosas se trata.

—Siamo molto dispiaciuti di offenderti, Marcela! —se disculpó Joshua tomándola de una mano y regalándole una mirada inocente junto con una sonrisa encantadora. —Pero déjame decirte que hoy estás bellissima. —inquirió dejando un beso en sus nudillos, que provoco el sonrojo inmediato de la dama, cuyo rostro adquirió el mismo color de los tomates maduros.

—Ragazzo dispettoso. —siseó Marcela golpeándolo con uno de los trapos que traía para limpiar las mesas. —Debes tener más respeto por tus mayores. —afirmó poniendo los brazos en jarra, aunque sus mejillas aun mantenían la prueba de su vergüenza.

Ambos reímos sin poder evitarlo y pasamos un brazo por cada hombro, besando los cachetes de la anciana, quien se limito a refunfuñar y mirarnos enojada. Los sacudió a los de su espacio, pero yo era consciente de que solo no quería que la vieran mostrar debilidad por nosotros, según sus propias palabras: “Luego todos pensaran que soy una vecchia de corazón blando”.

—¿Van ha ordenar algo o solo vienen a molestar mi negocio? —inquirió sacando una libreta de los bolsillos del delantal para anotar lo que pidieran.

Moví la cabeza de un lado a otro, impresionada y sin poder creer el orgullo de la mujer. Pero era precisamente eso lo que me gustaba de ella, era una total cascarrabias que había quedado viuda muy joven y sin hijos, tampoco tenia hermanos, así que luego de la muerte de sus padres quedo totalmente sola en el mundo. Lejos de que eso la detuviera, descubrió su pasión por la repostería y luego de mucho trabajo arduo, logró montar su propio cafetín que estaba pronto a cumplir los treinta años desde su apertura. Vivía sola y sin más compañía diaria que la de sus clientes y alguna ocasional amiga\o, manteniéndose plena con la compañía de sí misma. Creía fielmente que, si contaba con suerte, cuando fuese mayor tendría la misma vida que ella.

Marcela tomó nuestro pedido y se dio la vuelta para ir a buscarlo, mientras tanto Joshua y yo aprovechamos para explotar en carcajadas. Sin duda alguna esos eran los pequeños placeres de la vida de los que nunca me cansaría y por los que me levantaba cada mañana. Regresó demasiado pronto, por lo que tuvimos que enseriarnos rápidamente para evitar otra regañina; con cuidado dejó los platos sobre la mesa y se despidió besando nuestras coronillas, el enojo ya se había esfumado.

Atacamos el desayuno sin detenernos a pensar ni un segundo, habíamos pedido dos croissants rellenos de mermelada de cereza y nutella. Habría querido tomarme un expresso, pero Joshua insistió en que ya había bebido demasiada cafeína por la mañana, por lo que terminamos ordenando dos vasos de jugo de naranja. En cuanto la masa enmantequillada tocó mi boca solté un gemido de complacencia, no era creyente, pero en ese momento no supe a quien agradecerle por la inversión de tan deliciosa comida.

<> pensé dándole un nuevo mordisco al croissant. El chocolate se esparció por la comisura de mis labios y tuve que tomar una servilleta para limpiarme.

—Ganaríamos mucho dinero si fueses actriz porno. —aseguró Joshua, aunque por el rabillo del ojo note que le daba una mordida a su propio pan hojaldrado e imitaba mi gesto sin disimular mucho.

—Quebraríamos rápido, nadie tendría pagar mis altos precios. —afirmé chupándome el dedo pulgar, que había quedado cubierto de chocolate y dándole un sorbo a mi jugo.

El desayuno me sentó bien, después de comer mi animo siempre despegaba y ya no actuaba como un perro rabioso cada vez que me hablaban. Me distraje observando las calles romanas, nunca me arrepentí al tomar la decisión de mudarme para acá, a pesar de las dificultades no podía negar que había crecido como persona durante los últimos años y también académicamente pues la ciudad me dio la oportunidad de aprender, ya que en si misma era una enciclopedia de conocimientos. A la que solo le hacía falta exponerse al mundo y permitir que los demás la conocieran.

<< Complimenti per l'italia!>> pensé terminando mi bebida.

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