AMANDA
Ir en el auto con Emiliana a un lado se había convertido en mi nuevo desencadenante de nervios. Desde que nos habíamos encontrado en el bar que estaba cerca de la universidad, mi corazón latía con fuerza y esperaba, casi con desespero, la siguiente cosa que saliera de su boca.
Todo en ella era tan malditamente elegante, que por un momento temí verme poca cosa ante sus ojos, sus hermosos ojos zafiro.
Era más que obvio que me coqueteaba, hasta un ciego podría notarlo, pues Emiliana no era