Mundo ficciónIniciar sesión¡Dios mío!
Han visto mi teléfono y estaban esperando que llegara a buscarlo, están prohibidos los teléfonos, por eso tenemos esos aparatos conectados a una especie de pequeño radio que llevamos en los bolsillos, los teléfonos deben quedarse en los casilleros y ser recuperados al final del turno.
—No me gusta repetirme y esta sería la segunda vez ¡Cierra la puerta y vuelve a tu posición!
No tengo la menor idea de por qué lo hago, sin embargo, camino de prisa, cierro la puerta y me quedo ahí, de pie con la mano en el pomo, algo en mi mente me impulsa a huir.
Esto es de locos, no he visto al hombre, solo he escuchado su voz y ya siento que con solo hablarme, tiene un increible y extraño efecto sobre mí.
—¿Piensas contradecirme toda la noche?
Su voz suena dulcemente peligrosa, como si estuviera bajo los encantos de una serpiente, que mientras me hipnotiza con su mirada, va envolviéndome en sus redes, solo que hasta ahora, no he visto sus ojos, no he visto nada de él.
—Lo siento, yo solo he venido por...
—No te he autorizado a hablar. —Vuelve a susurrar.
¿Este hombre no grita?
Creo que sería mejor, estoy acostumbrada a la gente que grita cuando está enojada.
—No soy una niña, así que no veo cuál es el problema, puedo expresarme cuando quiera.
Aprieto los dientes, sé que puede ser un jefe, y que tal vez sea despedida por lo que acabo de decir, pero es que no tiene derecho a hablarme de esa manera.
—Te equivocas, ratoncita, cuando entraste a esta habitación, aceptaste todos mis términos. —¿De qué diablos está hablando? —Y el más importante, es el control y solo yo puedo ejercerlo. —Abro los ojos, creo que este tipo se ha confundido —Yo ordeno y tú obedeces.
—Lo siento, señor, al parecer se ha presentado un error, voy a buscar a la persona encargada para que le ayude.
Abro la puerta, que es cerrada de inmediato por una mano fuerte, que se detiene a un costado de mis senos, el ruido y la sensación de un cuerpo grande y fuerte detrás de mí, me alteran por completo y agitan mi respiración.
—He dicho, yo doy las órdenes.
Ahora me susurra al oído y mi centro se contrae con fuerza.
¡Oh Dios mío!
Aprieto mi mano contra el pomo y con la otra me toco la cintura, siento la apremiante necesidad de descenderla y cerrar las piernas.
¿Qué me está pasando?
—Yo intento explicarle que...
Su mano se posa sobre la mía, olvido mis palabras y me concentro en la sensación de sus largos dedos, moviendo suavemente mi mano hacia abajo. Contengo un gemido cuando, su mano detiene la mía en mi centro, que rápidamente se ha humedecido.
¡Qué vergüenza!
—Señor. —Me vuelve a susurrar y en esta ocasión, presiona contra mi centro.
Siento como el botón de mi clítoris se endurece, cierro los ojos y abro la boca, que ganas infinitas de cerrar las piernas tengo.
—Cierra las piernas.
Abro los ojos, sorprendida de que adivinase mis pensamientos e intento separarme de él, pero su cuerpo ejerce presión sobre el mío.
—¿Cómo? —pregunto en un suspiro.
—Dime, señor, y cierra las piernas.
Lo hago en el acto, dejando atrapada su mano y la mía entre ellas, en esta ocasión, el roce me provoca una sensación increíble, que corta mi respiración. Gimo y cierro un poco más.
—Ahora, vas a caminar lentamente y vas a volver a tu posición inicial, sin comentarios. —Siento el vacío que deja su mano al salir de mis piernas y alejarse.
En segundos, la ausencia de su cuerpo me impresiona, quiero seguir sintiéndolo, no es suficiente, quiero más.
Me giro y camino como él me ha ordenado, solo que en esta ocasión se siente diferente, mis pezones están erectos, mi centro y mis piernas están húmedas, y me concentro en sentir el roce de una contra la otra.
Hace calor, es como si el fuego me invadiera y siento como el valle de mis senos comienza a llenarse de pequeñas perlas de sudor, la ropa me incomoda.
—Quítate la ropa —Levanto la mirada.
¿En serio? ¿Está leyendo mis pensamientos? ¿O soy muy obvia?
—He dicho...
—Lo sé —respondo mientras llevo la mano al primer botón de mi blusa.
Me importa una m****a que no me haya autorizado a hablar, si me quito la ropa, es porque quiero y punto.
—Señor —añado.
No vuelvo a escuchar su voz, no me dice que él es el que controla, solo escucho como su respiración comienza a agitarse cuando termino de desabrochar los botones y me quito la blusa.
No sé qué me sucede, en otro momento, me hubiese importado un carajo su opinión y hubiese salido de la habitación, nadie me obliga a hacer lo que no quiero, pero ahora, aquí de pie, frente a su sensual e hipnótica voz, solo pienso en eso, en desnudarme.
No llevo sujetador, mis senos son de talla mediana y firmes; odio sentirlos presionados, así que, por lo general, no los uso.
Tomo el borde de mi falda de pliegues con las dos manos, la deslizo con calma hasta mis pies, levanto uno y luego el otro para salir del círculo negro que ha creado la falda a mi alrededor y por un segundo me siento avergonzada, llevo unas bragas blancas que hacen contraste con mi piel bronceada, pero que comprendo, son muy aburridas.
Dudo un poco y me quedo con las manos a cada lado de mis caderas, suspiro, me muerdo los labios y soplo con fuerza para retirar un mechón de mi cabello que ha caído sobre mis ojos, mis pechos se mueven al ritmo de mi respiración, que se ha vuelto cada vez más agitada
¿Pero qué estoy haciendo?
Me estoy desnudando frente a un desconocido al que ni siquiera he visto. Me inclino para tomar mi ropa e irme de aquí.
—¡No! —Mis manos vuelven a quedarse estáticas en el aire, su voz vuelve a estremecerme.
¿Qué diablos?
—¡Continúa!
Por una milésima de segundo, vuelvo la mirada hacia la puerta, el aviso rojo está activo.
¡Mierda!
Estoy con un cliente, debería irme, solo qué, por alguna razón desconocida, solo deseo quedarme.







