La noche se había cerrado como un telón pesado sobre Palermo cuando el Maserati negro cruzó las verjas de hierro forjado de la mansión Carbone. Las luces de los faroles del jardín se encendieron automáticamente, bañando el camino empedrado con un brillo cálido y elegante. Los empleados ya sabían que cuando Vittorio regresaba, nadie debía interrumpir su paso.
James, con sus once años recién cumplidos, estaba en el salón, junto al piano. Había aprendido a tocarlo por decisión de su madre, pero le