La primera luz del amanecer era una delgada línea morada, como un moretón, sobre el horizonte del Pacífico. Elias estaba sentado en la pequeña mesa de la cocina, con los dedos aún entumecidos por la lluvia helada que lo había azotado en los Acantilados Fantasma.
El calor del único quemador de la estufa siseaba, un sonido pequeño que parecía fuerte en el silencio sepulcral del edificio. Observó una sola gota de leche deslizándose por el costado del frasco de vidrio que Clara había usado para sal