La lluvia regresó en mitad de la noche, un tamborileo implacable que golpeaba contra el recién techado de la galería. Elias yacía en su jergón junto a la puerta trasera, con los ojos muy abiertos y fijos en el techo donde las sombras de las ventanas surcadas por la lluvia danzaban en la oscuridad.
Podía oír el océano rugiendo al pie del acantilado, un sonido pesado y primitivo que le recordaba lo pequeña que era en realidad su fortaleza. Su cuerpo se sentía como un único y enorme moretón; el co