La tabla de cedro se sentía fría y húmeda contra las palmas de Elias mientras la cargaba sobre los caballetes. La niebla matutina era tan espesa que parecía un peso físico sobre sus hombros, difuminando la línea entre el océano y el cielo.
Se limpió una mancha de grasa del pulgar en el muslo, dejando una oscura raya en sus pantalones ya arruinados. Cada movimiento que hacía era lento y deliberado, una rebelión silenciosa contra el agotamiento que le tiraba de los párpados. Se concentró en la ve