El auto avanzó en el silencio de la noche, en el asiento trasero Luana iba dormida y en sus piernas Georgia también descansaba, Nicolás volvió su mirada hacia delante y miro la calle con el ceño fruncido, la lluvia caía en gotas muy finas formando una leve cubierta sobre el parabrisas del auto, era una lluvia de calabobos esa que siempre caía en Lima a mediados de julio volviendo la pista jabonosa y culpable de múltiples accidentes.
—Creo que ya es hora de que sueltes la sopa, ¿por qué estás aq