Erick la sostuvo con firmeza al entrar, sin soltarla ni un segundo más de lo necesario. Amelia, o esa parte de ella que aún lo amaba, parecía temblar bajo la piel. Apenas cruzaron la puerta, él buscó con la mirada un lugar cómodo para dejarla. El sofá, cubierto con una manta suave y un par de cojines color arena, era perfecto.
La acomodó con un cuidado que le rompió el alma. La tomó por la cintura, la ayudó a sentarse y luego se arrodilló frente a ella como tantas veces antes, cuando estaban ju