Esperé.
Me senté en ese sofá como una estatua, rodillas pegadas al pecho, la toalla cambiada por su vieja sudadera otra vez porque era demasiado terca para quitármela. El reloj de la pared hacía tic-tac más fuerte con cada minuto.
8:00 p.m.
Nada.
9:17 p.m.
Actualicé mi teléfono cien veces. Sin llamadas. Sin mensajes.
10:42 p.m.
Caminé a la ventana cada cinco minutos, mirando el camino de entrada vacío como una idiota.
11:11 p.m.
Hice un deseo en los números digitales de todos modos. Estúpido.
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