ATAME, GRAN PAPI.
El ritmo cambió otra vez, más lento, más sucio, un reggaetón asqueroso que hacía vibrar todo el suelo.
Las luces rojas pulsaban como un latido. La multitud a nuestro alrededor se fundió en sombras; ahora solo estábamos él y yo, el gigante y la chica que había decidido sostener.
No preguntó.
Solo me giró con un suave movimiento de sus enormes manos, mi espalda contra su pecho, y encerró un brazo bajo en mi estómago, palma abierta amplia, dedos casi tocando ambas caderas al mismo tiempo.
Sentí el