Lara
Killiam y yo nos observamos con melancolía y profundidad, y ambos tenemos los ojos cristalizados. Yo no he sido la única que ha llorado aquí. Nuestras manos están aferradas y nuestros corazones laten a la par.
—Te voy a extrañar demasiado —le digo entre lágrimas.
Él las limpia con cuidado y me da un beso cerca de los labios; luego roza su nariz con la mía.
—Yo también te voy a extrañar, mi luna. Por favor, no te tardes —me pide.
Me besa en la mejilla y desciende hasta mi oreja, luego a mi cuello. Me olfatea y me acaricia el vientre.
Killiam se arrodilla ante mí, dejando a todos perplejos ante su posición sumisa, y me abraza desde abajo, como si también lo hiciera con nuestro bebé. Luego me besa la barriga y comienza a hablarle a nuestro cachorro.
—Nos vemos pronto, mi heredero. Cuida a tu mami, ¿sí?
Vuelve a darme un beso, se pone de pie e invade mi boca con fervor. Le correspondo con la misma pasión. Entonces nuestras lágrimas se mezclan, al igual que nuestra respiración, mientr