Lara
El corazón me palpita con gran ímpetu y, de alguna forma, es el impulso que me obliga a hacer algo, a no quedarme quieta.
No puedo permitir que me asesine.
El brillo del filo del arma de mi enemigo reluce con la poca luz que se cuela del cielo nublado, una de la que ni siquiera sé de dónde proviene. Solo entiendo que necesito reaccionar.
Tengo que vencer este efecto que me tiene aprisionada.
Aprieto los ojos y los puños y, de inmediato, la piel empieza a quemarme.
Percibo la presencia de