Killiam
Me hierve la sangre y mis huesos empiezan a doler. Eso solo significa que tendré una transformación brusca, de esas donde pierdo mi humanidad y solo queda el lobo, en todo el sentido de la palabra.
Las ganas de asesinar se tornan desesperantes; podría decir que me asfixian, así que decido dejarme llevar por mi instinto más irracional y salvaje. Sin embargo, la mano del rey Arion sobre mi hombro derecho desata una calma en mí que aprisiona a mi lobo.
Él se me acerca demasiado, tanto que su calor de hombre me molesta. Luego me susurra al oído:
—Si la mata, entonces no sabrá la verdad, mucho menos rescataremos a... su luna. —Su tono sale tenso cuando dice «su luna».
La manera en que aprieta los dientes y esa pausa que hizo me da a entender que le cuesta aceptar que Lara es mía, que su intención con ella era más que una maldita fachada.
Y me dan unas putas ganas de golpearlo, pero me contengo.
—¿Cómo hará que hable? ¿Pidiéndole el favor? —me burlo.
El maldito fae suelta un suspir