73. El rugido de lo invisible
No siempre necesitas ver al enemigo para saber que está respirando en tu nuca.
Hilos que no encajan
La oficina de Valentina estaba envuelta en un silencio inquietante, apenas roto por el golpeteo rítmico de las teclas contra el teclado. Afuera, la ciudad caía en la penumbra; los faroles de la calle pintaban de ámbar las ventanas, mientras el murmullo lejano del tránsito se deslizaba como un eco constante. Ella no lo escuchaba. Estaba concentrada, completamente absorta en los documentos abiertos