La voz de İzmir era débil, apenas un susurro mientras observaba a su hijo menor acercarse lentamente a su cama de hospital.
—Kerem... hijo mío...
Kerem avanzó con pasos cautelosos.
—Estoy aquí, padre —respondió con suavidad, deteniéndose junto a la cama— he regresado para poner fin a esta locura.
İzmir negó con la cabeza, a punto del llanto, mientras extendía una mano temblorosa hacia su hijo.
—No puedo creerlo... Pensé que nunca más te vería, hijo, he cometido tantos errores...
—No digas nada