El calabozo bajo la casa de los Ozturk era frío y oscuro, el aire estaba impregnado con el hedor de la miseria humana. Kerem fue arrojado sin ceremonias a una de las celdas más pequeñas, la puerta de barrotes se cerró detrás de él con un ruido seco y estridente.
—¡Esperen! ¡No pueden hacerme esto! —gritó, aferrándose a los barrotes oxidados— ¡Merezco un trato justo!
Una de las sombras en el pasillo se movió, un guardia corpulento se acercó y se le quedó viendo con una mirada dura..
—Trato justo