—Aquí está su pedido, señor —susurró Yuda mientras le entregaba una pequeña caja de terciopelo negro que contenía las microcámaras inalámbricas más sofisticadas del mercado.
Ambos permanecían en un rincón oscuro del balcón, bajo la tenue luz de la luna de Nueva York.
Dave tomó la caja con frialdad, deslizando los dedos sobre la superficie aterciopelada.
—Buen trabajo.
Yuda no se retiró de inmediato. Parecía dudar. Sus ojos se desviaron hacia la puerta cerrada de la habitación antes de volver a