Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire del mediodía en el campus de la Universidad de Columbia se sentía sofocante para Elyn. Obligó a sus piernas, todavía débiles, a avanzar por el corredor de la facultad. Sin embargo, apenas estaba a punto de entrar al aula cuando tres chicas a las que conocía demasiado bien —Jessica, Chloe y la nueva novia de Michael, Amanda— le bloquearon el paso con sonrisas crueles y perversas.
—¿A dónde crees que vas, cerdita? —escupió Amanda, con una mirada cargada de odio. Antes de que Elyn pudiera responder o darse la vuelta, Chloe y Jessica actuaron con rapidez. Sujetaron sus brazos con brusquedad y arrastraron el cuerpo voluptuoso de la joven por el pasillo hasta el baño de mujeres, ubicado al final del corredor desierto. —¡Suéltenme! ¿Qué demonios les pasa? ¡Déjenme! —forcejeó Elyn desesperadamente, intentando liberarse. Pero estaba en desventaja. Eran demasiadas. ¡Brak! El cuerpo de Elyn fue empujado violentamente contra la fría pared del baño. Sin perder tiempo, Amanda tomó un gran cubo lleno de agua sucia de trapear y lo vació directamente sobre su cabeza. ¡Sshhhrrr! —¡JAJAJA! ¡Disfrútalo! ¡Tal vez así ese cuerpo asqueroso tuyo quede un poco más limpio! —estalló Jessica en carcajadas, cuya resonancia llenó el estrecho lugar. Elyn comenzó a toser. El agua helada y sucia le atravesó la piel, empapando por completo la ropa que llevaba puesta y pegándola obscenamente a sus curvas. Su respiración se volvió agitada y sus ojos se enrojecieron por la humillación y la rabia. —¡Ustedes están enfermas! —gritó Elyn, intentando abalanzarse hacia ellas. Pero aquello no era el final. La puerta del baño se abrió de golpe y aparecieron dos estudiantes corpulentos: Brandon y uno de sus amigos. Sin darle tiempo a reaccionar, cubrieron la boca de Elyn con una tela gruesa y sujetaron con fuerza sus brazos y piernas. —Llévenla a la azotea. Allí será más fácil darle una lección a esta gorda zorra —ordenó Amanda con una mirada llena de crueldad. Michael no estaba allí. Solo Amanda, consumida por el deseo de vengar el orgullo herido de su novio tras el incidente de aquella mañana. Elyn intentó resistirse. Sus piernas pataleaban desesperadamente en todas direcciones, pero el agarre de aquellos hombres era demasiado fuerte. La arrastraron por las escaleras de emergencia hasta la azotea del edificio, un lugar árido y aislado del resto del campus. Apenas llegaron arriba, lanzaron el cuerpo de Elyn contra el duro suelo de concreto. Sus rodillas chocaron brutalmente contra el cemento. Allí ya la esperaban otros tres hombres, observando su cuerpo empapado con una expresión hambrienta y repugnante. —Vaya… Aunque sea gorda, tiene unas curvas bastante tentadoras cuando está mojada —comentó Brandon, recorriendo con la mirada el pecho de Elyn, que subía y bajaba por la agitación. —¡Desnúdenla! —gritó Amanda emocionada, dando órdenes al grupo—. ¡Hay que hacer que aprenda a no volver a tocar a Michael! Los hombres parecían impacientes. —Seguro será divertido jugar un poco con el cuerpo de esta gordita antes de tirarla a la basura —añadió otro estudiante con una sonrisa lasciva mientras avanzaba hacia ella. —¡Mmph…! ¡Suéltenme! ¡Ayuda! ¡No me toquen! —gritó Elyn con todas sus fuerzas en cuanto la tela que cubría su boca cayó al suelo. Las lágrimas corrían sin control por sus mejillas pálidas, marcadas por un terror insoportable. Pero sus gritos parecían perderse entre el viento de aquella azotea vacía. Elyn había llegado al límite absoluto de la desesperación. Chloe y Jessica mantenían sus brazos inmovilizados a la espalda mientras los cinco hombres avanzaban hacia ella como bestias fuera de control. Dedos ásperos comenzaron a recorrer su piel. Sin el menor pudor, aquellas manos inmundas apretaron y manosearon sus pechos por encima de la ropa mojada, jugando con su cuerpo mientras las risas burlonas llenaban el aire. —¡Ah…! ¡No! ¡Por favor, no! —sollozó Elyn histérica, cerrando los ojos con fuerza. Todo su cuerpo temblaba violentamente. Una sensación de suciedad y humillación le invadió el alma. Se sentía mancillada… rota… profanada por unas manos miserables que jamás debieron tocarla. Y pensar que apenas la noche anterior había sentido el extraño calor de las caricias de Dave… Ahora, en cambio, estaba siendo destrozada por una humillación que aplastaba por completo su dignidad como mujer. Señor Dave… sálveme… La súplica silenciosa resonó en el corazón de Elyn. En aquel instante, el hombre demoníaco se había convertido, inexplicablemente, en su única esperanza. ¡BANG! La puerta metálica de la azotea explotó de repente tras una brutal patada desde el exterior. —¡¿Cómo se atreven a ponerle las manos encima a nuestra señorita?! —tronó una voz grave y aterradora, cargada de una intención asesina que heló el ambiente. ¡Deg! Todos quedaron petrificados. Amanda, Brandon y los demás giraron la cabeza con el rostro completamente pálido. Entre la nube de polvo y la puerta destruida aparecieron más de una decena de hombres imponentes vestidos con trajes negros y gafas oscuras. Sus movimientos eran sincronizados, precisos, con una presencia que recordaba a soldados de élite. Dave había decidido no enviar a Yuda para evitar que la verdadera posición de Elyn dentro de la mansión se hiciera pública en la universidad. En su lugar, mandó a sus mejores guardaespaldas para convertir aquel lugar en un infierno. —¿Q-Quiénes demonios son ustedes? —balbuceó Brandon, temblando de miedo al verse rodeado en cuestión de segundos. Los agresores palidecieron de terror. Los dos estudiantes que sostenían a Elyn soltaron inmediatamente sus brazos, incapaces de contener el temblor. Libre al fin, Elyn cayó de rodillas sobre el concreto. El llanto que había estado reprimiendo estalló de golpe. Empapada y temblando violentamente por el shock, abrazó sus propias piernas contra el pecho, intentando esconderse de aquel mundo cruel. El jefe de los guardaespaldas se acercó rápidamente. Aquel hombre maduro, de porte firme e intimidante, inclinó la cabeza con profundo respeto frente a ella, ignorando por completo las miradas de horror y desconcierto de Amanda y los demás, quienes jamás imaginaron que la “gorda pobre” estuviera protegida por un escuadrón de seguridad de élite. —Señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó con voz más suave, llena de culpa por haber llegado unos minutos tarde. De inmediato se quitó el costoso saco negro y lo colocó sobre los hombros temblorosos de Elyn para cubrir su cuerpo empapado. Elyn no pudo responder. Solo siguió llorando desconsoladamente, con los hombros estremeciéndose por los sollozos. El jefe de seguridad volvió la mirada hacia los culpables, que ahora estaban arrodillados sobre el concreto bajo la vigilancia amenazante de sus hombres. —Señorita, será mejor que vuelva a casa con nosotros. Déjenos a esta basura… nosotros nos encargaremos de resolverlo todo hasta las últimas consecuencias. Elyn levantó lentamente la cabeza y observó los ojos firmes del guardaespaldas. Con las pocas fuerzas que le quedaban, asintió débilmente. Su cuerpo seguía temblando mientras era ayudada a ponerse de pie y abandonaba aquella azotea que pronto se convertiría en un auténtico infierno para sus agresores. Y así, se dirigió al único lugar que ahora le parecía seguro… La habitación privada de Dave Moreno. Continuará…






