Adréis, al percibir aquellos gritos, apresuró sus pasos. Abrió la puerta. En la sala, dos mujeres en disputa, Mili sosteniendo un cuchillo en la mano y amenazando la vida de Talía, arrodillada, dominada por la fuerza de una chica que había extraviado la cordura. La luz externa de los jardines hacíaresplandecer la hoja metálica de aquel cuchillo.
—¡Mili! ¡Qué haces! —gritó Adréis.
—Ah, estás aquí. Pues muy bien, quiero que conozcas a la mujer con la que te piensas casar. ¡Es una m****a! ¡Ha destr